DIOS NO TIENE PARTIDO: LA FE NO SE NEGOCIA EN EL MERCADO DE LAS IDEOLOGÍAS
Por Leonel Cotuli
agrupación Unidos por la Transformación
Hay algo que debemos empezar a decir con claridad: Dios no es de derecha, no es de izquierda y tampoco pertenece a ningún partido político. Dios no necesita que una ideología lo represente, ni que un dirigente lo utilice para legitimar sus propias convicciones.
En tiempos donde la grieta parece haberse convertido en una forma de vida, asistimos a un fenómeno preocupante: la pretensión de algunos sectores de apropiarse de la figura de Dios para darle una supuesta legitimidad divina a sus posiciones políticas.
Unos sostienen que Dios está con la derecha porque hablan de orden, autoridad, tradición, esfuerzo individual y libertad económica. Otros pretenden ubicarlo exclusivamente en la izquierda porque hablan de igualdad, solidaridad y justicia social.
Pero ¿desde cuándo el Creador del universo necesita una etiqueta política para expresar su voluntad?
Las categorías de izquierda y derecha pertenecen a la historia de las construcciones políticas humanas. Dios, en cambio, trasciende los tiempos, las fronteras y las ideologías. Pretender reducir su grandeza a una bandera partidaria no es defender la fe: es intentar ponerla al servicio de una conveniencia política.
Y si vamos a hablar de la Biblia, hablemos de toda la Biblia, no solamente de los versículos que nos convienen.
A quienes pretenden justificar un modelo basado exclusivamente en el individualismo, la acumulación de riquezas o el éxito económico, habría que recordarles que Jesús fue contundente: «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24).
La Escritura también nos exige defender al débil, al huérfano, a la viuda y al extranjero. Isaías 1:17 nos llama a buscar la justicia y socorrer al oprimido. Proverbios 14:31 advierte sobre la responsabilidad moral que tenemos frente al pobre.
Por lo tanto, nadie puede invocar a Dios para justificar la indiferencia frente al sufrimiento ajeno. La libertad económica no puede convertirse en una excusa para abandonar la compasión. El orden sin justicia pierde su sentido y la prosperidad que ignora al prójimo deja de ser un verdadero progreso humano.
Pero también debemos decirles algo a quienes creen que la transformación de la sociedad puede depender exclusivamente del Estado, de las estructuras económicas o de una confrontación permanente entre clases sociales.
La Biblia también habla de responsabilidad individual, de libertad, de trabajo, de honestidad y de transformación personal. El mandamiento «No hurtarás» (Éxodo 20:15) no pierde su valor según la posición ideológica de quien lo lea. En 2 Corintios 5:10 encontramos, además, una referencia a la responsabilidad de cada persona por sus propias acciones.
La solidaridad no puede confundirse con la ausencia de responsabilidad, del mismo modo que la responsabilidad individual jamás debería utilizarse para justificar la indiferencia social.
No necesitamos elegir entre la dignidad del que trabaja y la dignidad del que necesita ayuda. No tenemos que enfrentar la libertad individual con la justicia social. Una sociedad verdaderamente humana necesita ambas.
Tampoco podemos convertir el patriotismo en una supuesta superioridad espiritual. Dios no pertenece a una nación, una bandera, una cultura ni una frontera. Gálatas 3:28 nos recuerda que, en Cristo, las diferencias humanas no determinan nuestra dignidad ante Dios.
Y mucho menos podemos utilizar la fe para alimentar el odio. Jesús enseñó a amar incluso a nuestros enemigos (Mateo 5:44). Esa enseñanza debería hacernos reflexionar profundamente antes de señalar, descalificar o deshumanizar a quienes piensan diferente.
HAY UN PASAJE BÍBLICO QUE DEBERÍAMOS RECORDAR
En Josué 5:13-14 encontramos una escena extraordinaria. Josué se encuentra con un hombre que lleva una espada desenvainada y le pregunta:
«¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?».
La respuesta es contundente:
«No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora».
Hay una enseñanza profunda en ese encuentro. Josué quería saber de qué lado estaba aquel enviado, pero la respuesta no se acomodó a sus categorías humanas.
La pregunta que deberíamos hacernos hoy no es si Dios está de nuestro lado político. La pregunta es si nosotros estamos actuando de acuerdo con los principios que decimos defender en su nombre.
Porque es muy fácil levantar una bandera con una frase bíblica. Lo verdaderamente difícil es practicar el amor, la humildad, la justicia, la misericordia y la honestidad cuando nadie nos está mirando.
NUESTRA POSICIÓN: DIOS NO SE UTILIZA PARA DIVIDIR A LA SOCIEDAD
Desde Unidos por la Transformación, creemos que la política debe estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de las ideologías.
Creemos en la responsabilidad individual, en el trabajo digno, en la libertad, en la educación, en la justicia social, en la protección de las infancias, en el acompañamiento de quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad y en la construcción de oportunidades reales para todos.
Creemos que una sociedad necesita instituciones fuertes, pero también corazones sensibles. Necesita desarrollo económico, pero también solidaridad. Necesita autoridad, pero también humanidad.
Y creemos, fundamentalmente, que ninguna persona debería tener que demostrar que pertenece a una determinada corriente política para ser considerada digna del amor de Dios.
No vamos a permitir que la fe se transforme en una herramienta de marketing electoral, que la Biblia se utilice como un manual de propaganda partidaria o que el nombre de Jesús sea empleado para alimentar enfrentamientos entre argentinos.
No se trata de prohibir que alguien tenga sus ideas políticas ni de cuestionar a quien encuentre en su fe una inspiración para participar de la vida pública. Se trata de poner un límite a la apropiación de lo sagrado para justificar intereses terrenales.
Dios no necesita defensores partidarios. Necesita personas dispuestas a practicar sus enseñanzas.
Quizás haya llegado el momento de dejar de preguntarnos de qué lado está Dios y comenzar a preguntarnos de qué lado estamos nosotros cuando alguien tiene hambre, cuando un niño necesita protección, cuando una familia atraviesa una dificultad, cuando una persona lucha contra una adicción o cuando alguien necesita una mano para volver a empezar.
Porque la fe no se demuestra con una consigna política. Se demuestra con las acciones.
Y si algo debería unirnos por encima de cualquier diferencia es precisamente eso: la capacidad de amar, respetar y construir una sociedad donde nadie quede descartado.
Más amor y menos odio. Más justicia y menos indiferencia. Más humanidad y menos fanatismo.
Que nadie se confunda: podemos tener distintas ideas políticas, defender distintos modelos económicos y debatir profundamente sobre el rumbo de nuestro país. Lo que no podemos hacer es pretender que Dios sea propiedad de quienes piensan como nosotros.
Dios no tiene partido. La fe no tiene dueño. Y el amor al prójimo no puede tener color político.
Leonel Cotuli
Unidos por la Transformación
